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Saul Leiter, selfportrait, 1942 |
… Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos, sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás. Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos «hombres sin mujeres». En un plural gélido.
Sólo
los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser
un hombre sin mujer. Por perder ese espléndido viento de poniente.
Porque te arrebaten eternamente los catorce años (la eternidad debe de
andar alrededor de los mil millones de años).
Convertirse
en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una
mujer y que luego ella se marche a alguna parte. En la mayoría de los
casos (como bien sabrás), son taimados marineros quienes se las llevan.
Las seducen con su labia y las embarcan deprisa hacia Marsella o Costa
de Marfil. Prácticamente nada podemos hacer frente a ello. También es
posible que ellas mismas acaben quitándose la vida, sin haberse
relacionado con ningún marinero. Frente a eso tampoco podemos hacer
nada. Ni siquiera los marineros pueden.
Sea como
fuere, así es como te conviertes en un hombre sin mujer. Todo sucede en
un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el
color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo de tu cuerpo. Como una
mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros…
(Hombres sin mujeres. Haruki Murakami)
Gracias, Manuel Martinez-Carrasco
;-)
Gracias, Manuel Martinez-Carrasco
;-)
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