AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

miércoles, 1 de febrero de 2017

Cartas desde Barbastro, lazo negro -10-



Medieval, Castel del Monte, Italy




                                                     San Leonardo de Yagüe (sin fecha)



Mi pobre Alma,


Pensé que ya no me escribirías, así de negro estaba mi Cielo. Pero he recibido tus palabras, y con ellas he renacido.

Gracias, desde lo más profundo de mi ser.


¿Sabes?, me gustaría decirte que Soria es hermoso, que San Leonardo de Yagüe es hermoso, que sus gentes son honestas y buenas. Y contarte que Santo Domingo de Silos está cerca y que a veces me acerco a escuchar a sus monjes cantando sus monodias... pero no sería verdad. Lo cierto es que mi vida es una comida insulsa. Un vacío helado entre misas para unas pocas beatas de luto, alguna extremaunción si alguien se nos va y una terrible opresión de cárcel que lo envuelve todo.


Mi querida Alma, yo también leo y releo tus cartas y en cada lectura hago de nuevo el amor contigo. Solo que ahora abrazado a la misma soledad que te acompaña a ti también ¿Recuerdas a Hernández? “…a mi lecho de ausente me echo como a una cruz de solitarias lunas del deseo y exalto la orilla de tu vientre...” Cuan semejantes veo ahora su prisión y la nuestra.


Leo también que me maldices. Debes saber que no es necesario. Porque ni el mismo Diablo podría venir ahora a socavar más mi ánimo, pues siento que la estúpida confusión entre mi amor por ti y mis ceencias, me equipara a él. Me ha costado tanto, Alma, pero he aprendido al fin. El error no está en la fe, ni en la palabra de Cristo. El error es esta Iglesia inmunda y enferma que lo infecta todo. Ahora lo sé y pronto nos podremos defender de ella. Pero necesito —casi no me atrevo a pedírtelo—, que me des tiempo, el único bien que aun nos queda. En estos días sin horas he sabido cosas que aun debo callar pero que pueden unirnos por fin si ambos tenemos paciencia.


No sé que me digo, perdóname, no debo exigirte algo así. Mejor harías en ir echando paletadas de olvido a nuestro paraíso hasta que Ángel no fuera más que un dulce recuerdo de juventud.


Pero si decidieras esperar…


He aprendido, Alma. Aquí, en este presidio sin celdas donde todos me escrutan e indagan hasta mi más leve movimiento, también se escuchan voces que me han traído una luz que no esperaba, y de la que un puedo hablar como te dije antes.


Me duele tanto la tristeza que emana de tus palabras. Me siento tan culpable. Si supieras, desde que estoy aquí, la de veces que me he dicho que debía haber renegado de mi fe. Soy un cobarde que no quiso darse cuenta de que Cristo no habita en sotanas negras sino en las personas. Imagino que en mi cobardía (o ceguera) nunca quise mirar más allá. Ya me estaban bien la liturgia y la oración. Con ellas me sentía pleno.


¡Pleno! Ahora lo digo y casi me sonrío. Nunca me sentí pleno antes de conocerte. Solo era una cáscara llena de doctrina que tú vaciaste para llenarla de amor. Pobre tonto. Solo desde ti he aprendido que el Amor es una substancia que nos nace de dentro para expandirse hacia fuera, y que pregonar lo que no se conoce es tan estéril como predicar en el desierto.


Qué más contarte, que a pesar de cuestionarme los cimientos de mi fe, encuentro momentos que me confirman que Dios me sigue guiando, aunque ese Dios no sea el que conocí antaño. Mira, sino, lo que me sucedió un par de días antes de recibir tu carta: cogí La Biblia. Necesitaba el consuelo de la palabra de Jesús y anduve buscándola en los evangelios. En un momento determinado, sin poder evitarlo, me fui al Cantar de los Cantares y leí.


[…]

Mi amado metió su mano por la abertura,
y mi corazón se conmovió dentro de mí.
Yo me levanté para abrir a mi amado 
y mis manos gotearon mirra,
y mis dedos mirra, que corría
sobre la manecilla del cerrojo.
[…]


La mano por la abertura, Alma… y sus manos y dedos goteando mirra sobre la manecilla del cerrojo… me hablabas tú, mujer, eras tú quien me susurraba los versos al oído como si el mismo Cielo supiera que iba a recibir carta tuya. Son momentos tan maravillosos en medio de esta absoluta tristeza que me aferro a ellos como si no fueran a repetirse.


Te escribiría hasta convertirme en tinta y diluirme en las hojas, pero sé que hay ojos mirando y debo ser discreto y terminar. Es que sufro por ti, por Manuel y por Magdalena. Creo que vigilan nuestros pasos, por eso debemos ser cautos (mira la Post Data)


Solo me resta una última súplica ¿Accederías a que nos viéramos una vez más antes de que pueda resolver los conflictos que nos envuelven? Deberemos ser más cautos que nunca, pero es necesario encontrar el modo de hacerlo. Y esta vez no podremos contar con nadie. Solo seremos tú, yo y el lugar que escojamos, lejos de Barbastro y de Ainsa.


Perdona esta carta sin rigor ni apenas sentido ni continuidad. Necesitaba vaciarme antes de poder razonar de nuevo.

Disculpa que apenas haya mitigado el dolor de la tuya.



Tuyo, siempre,

Ángel vengador.



PD Esa es la razón de que esta carta no te haya llegado de la manera habitual. Tengo la suerte de que un cura joven, muy crítico con la actual Iglesia, ha accedido a ayudarme (no le conté toda la verdad) y la ha mandado como si fuera suya, metida dentro de otro sobre en el que escribió una nota con las instrucciones. La recibió primero Magdalena, que se la ha dado a tu abuelo para que te la entregara. Y tú deberás repetir el mismo periplo si decides responderla. Sobre todo, sigue las instrucciones que te dicte Manuel.






Escrito y publicado el 1 febrero 2017 por Manel Artero en su blog







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