AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

domingo, 23 de marzo de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo blanco -8-





Ainsa, 16 noviembre


Ángel
No puedo.

Ya no puedo acostarme más temprano para soñarte más tiempo. Ya no me queda. Y no sé en qué cajón encerrar tantas cartas y tanto amor.

Llevo días intentando escribirte, y no puedo. Ya no. Ese es el único motivo de hacerte esperar por una carta, que quizás debiera ser la última. Unos papeles en blanco que jamás podrán expresar todo lo que siento ahora. Tengo las manos tan frías...

A menudo me he visto obligada a dejar de ver a las personas que quiero, que aprecio. Algunos de ellos se han ido muriendo, en cada uno de mis recuerdos, yo los llevo dentro de mí. Con otros la separación fue el único camino viable para salvar nuestras vidas, de la rutina, de la maldad que nos rodea. Y quizás, lo más doloroso sean las desapariciones.

Y es usted el que desaparece. Y el que me abandona. Y el que se arrodilla, pero no ante mí, ni ante el amor, y la bondad de su dios.

Y yo la que me quedo con el alma encogida en un puño que ya no quiere abrirse más. Yo la que siento que le he perdido en una batalla que no era mía, ni suya quizás. El enfermo obispo gana, es la suciedad del mundo contra la pureza del amor incondicional. 

Mi abuelo me había avisado del sufrimiento que nuestra relación podría acarrearme. Y ahora es la hora del dolor, y de la valentía para sufrirlo, creo que estoy preparada. Soy yo la que se queda, y usted el que se me escapa entre los dedos.

Somos navegantes, para encontrar nuestro destino, si es que existe. Y vamos luchando contra el mal, el que cada uno de nosotros lleva dentro de si.  Es probable que nos hayamos hecho un daño, irreparable, sin querer, queriendo amar, es difícil ya saber, apenas puedo pensar con tranquilidad. Ni dormir en paz, ni soñar contigo. Cierro los ojos y no recuerdo tus manos cuando te evoco, cuando te nombro en mi cama, y ya no apareces, ni tampoco regresa estas noches la luna, es curioso. Y siento tanto frío cuando me toco por dentro...

Ángel, contigo ocurrió algo diferente, no sé en qué modo, ni me he preocupado jamás en saber el porqué, ni he anotado la fecha exacta. Sé que no me asustó el no saber más de ti. Que me ocultases determinadas parcelas de tu sentir, de tu ser, de tu pasado y de tu presente. No me preocupó en absoluto. Quizás porque me hayan educado y porque ya me haya acostumbrado a querer, que no a aceptar, a las personas como son, sin tratar de cambiarlas. 

Empiezo a pensar, por el vacío que siento, que estaba empezando a quererte. Y a quererte conocer. Y a querer que apostases por nosotros, y que te quedases.

Pero en cambio el modo en que desapareces me apena tanto… La vida, que nos unió en algún instante, nos aleja ahora. Y el amor se arrodilla. Y contra la vida de uno mismo no se debe luchar. También sé que la resignación es un suicidio permanente. Es por eso por lo que, aunque no lo comparta, al igual que hay que saber guardar luto, también debo respetar que desaparezcas. Aunque te lleves contigo tantas cosas que tan intensamente he sentido, tanta luz y tanto tiempo. Aunque sepa que te equivocas en el modo de irte. Porque creo que dejar que te equivoques y que te vayas lejos de mí, y echarte de menos, también es VIVIR. Y ese es mi trabajo realmente. Con mayúsculas.

Quizás ese destino, mientras navegamos por ningún mar, nos haga tropezar de nuevo en algún otro lugar, en otro momento. Y me alegraré tanto de verte… Mientras tanto, padre Ángel, le deseo lo mejor, y muchísima suerte, no para vivir en paz, que sé que no la tiene, sino para que encuentre pronto el modo de olvidarme, y de enterrar todo lo que hoy aún siente por mí. Y de complacer al obispo y al resto del mundo.

Es Ángel quien desaparece. Y siento que me quedaron tantas cosas por hacer y por decir y por sentir…. Siempre son tristes las despedidas, pero esa tristeza se multiplica cuando no las hay. Eres un verdadero profesional, de huir, de ti, digo. Ahora lo sé.

Dices en tu carta que me das la libertad que necesite, y pienso, lo siento, quién te crees que eres realmente para concederme o quitarme ésa, mi libertad para amar… Nadie puede sustraérmela.  Ni siquiera tú. Aun así, no te guardo rencor. Solamente te echo mucho de menos. Y te doy las gracias por todo lo bueno que sacaste de mí y todo lo que tú supiste darme.

Yo soy la que lleva días llorando.
Yo la que, de repente, siente que no le queda tiempo.
Yo la que te amaré siempre.

Porque sé que, antes de rendirnos, en algún instante, fuimos eternos.
Porque sé que, para reencontrarse, primero hay que irse de mi

Alma

Destrozada


Pd. Hoy su dios también está llorando, como yo, quizás conmigo, quizás por tí.




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