AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo negro -8-




Barbastro 30 de octubre de 1970

Amada Alma,

Sé que te debía carta desde hace muchos días. La escueta nota que te hice llegar a través de Magdalena y el encuentro que tu abuelo Manuel forzó para que pudiéramos estrecharnos las manos después de misa te habrán sabido tan a poco como a mí. Pero andan al acecho y no he visto otro modo de protegerte.

Hoy es viernes y te escribo desde Barbastro, desde la misma mesa en la que hemos estado comiendo y nos hemos comido el uno al otro alguna vez. ¿Recuerdas lo luminoso que era este piso, cuando estábamos los dos? Ahora es oscuro, sus paredes parecen tocadas de una pátina gris y los muebles son mate. Hasta ellos saben lo mal que andan cosas.

Antes de nada debo reñirte, Alma. Cómo se te ocurre decirme las cosas que me dices. Qué es esa barbaridad de que prefieres morir a dejar de intentar seguir amándonos. ¿No te das cuenta de la locura que representan esas palabras? Primero, eres demasiado joven para pensar siquiera en algo así, tienes toda una vida por delante, conmigo o sin mí. Pero aparte de eso, quién puede impedir que nos sigamos amando, ¿dime?, podrán negarnos el contacto, podrán separarnos por kilómetros de tierra o mar; pero jamás podrán impedir que yo sienta lo que tú me provocas y que tú me ames del modo que imagino. La única cosa que nos podrá separar será el olvido, si llega; esa soledad que lo lleva todo cuando el amor se apaga. Créeme, lo sé. Sé lo que significa amar en ausencia porque amo a Jesús sin tenerlo, salvo cuando está transustanciado en la Sagrada Forma. Lo mismo que te amaré a ti ahora cuando no pueda siquiera besarte.

Nos separan, Alma. Y tal como lo escribo, una lágrima resbala hasta la hoja de papel que después, lo sé, cuando la leas, se unirá a una lagrima tuya en un pacto de amor indisoluble…

Sí, Alma, el obispo nos separa. Se niega a permitir que me libere de mis hábitos. Está enfermo, totalmente enfermo. Si supieras lo que me ha argumentado. He estado a punto de vomitar. Para él todo se reduce a la carne. Lo más importante es amar a Dios, comenzó diciendo, y después siguió:

“Ángel, a pesar de nuestras debilidades, y la carne sabemos que es de las más difícil de vencer, no podemos faltar al primer mandamiento. Eso es lo más importante. Qué se cree, padre, que yo no las tengo sus debilidades, y el padre Anselmo, piensa que no las tuvo… Disimulo, padre, disimulo. Peque, todos pecamos. Es hombre y nadie puede impedírselo, pero que ese pecado jamás esté por encima del mandamiento más sagrado. ¿Le gustan las mujeres? Acceda a ellas; ¿Tiene debilidades sodomitas? Mal está, lo sabemos, pero hay lugares en los que la discreción le permitirá desfogarse sin menoscabo de su reputación. Por Dios, Ángel, si le serían perdonados hasta deslices cometidos en las escuelas ¿o es que se cree que no hay compañeros suyos que sucumben a la pureza infantil? Y no pasa nada, se corren velos, se crean incertidumbres, al pecador se le amonesta y se le aparta del lugar de la tentación, y aquí paz y después gloria. No nos orgullecemos, claro está, pero la Iglesia es protectora con quien le es fiel. Y sabe perdonar, se lo repito; pero por Dios, déjese ya de estupideces y dígame quien es la provocadora de ese infortunio que le corroe por dentro. Hágame saber qué clase de criatura puede sobrepasar al mismo Cristo en el corazón de un sacerdote…”

Poco más o menos esto es lo que recuerdo, por eso he subido a escribírtelo ahora, no querría que ninguna de sus barbaridades se me fuera al olvido. Es necesario que lo sepas para que lo hagas público si algún día hay libertad para ello.

Sigo contándote. Le he mentido confesándole que mi debilidad era Magdalena. Espero que me perdones por ello. Había hablado con ella porque imaginaba esta obsesión del obispo y deseaba poder darle un nombre. Estuvo de acuerdo. Además no es una mala solución, según sus propias palabras, ha tenido entre sus piernas a lo más preciado de Ainsa y a algún sacerdote de Barbastro. Solo espero que no se tomen demasiadas represalias contra ella.

Llego ya, por más que ando huyendo durante toda la carta debo decírtelo. La separación es inminente. El obispo desea mandarme a una pequeña parroquia en San Leonardo de Yagüe, Soria. Para que olvide y aparte esa obsesión que me corroe, según sus palabras. Me ha dado un mes de plazo hasta que venga un sustituto, pero me considera demasiado díscolo y contestatario como para mantenerme a su lado. Me duele tanto, te amo tanto, es tanto lo que te necesito a mi lado.

En breve la palabra Amor cobrará otro sentido más íntimo y profundo. Será cuando no estés, cuando la distancia pese más que el deseo y debamos vivir del recuerdo. Y ese será un lugar solo nuestro que nadie nos podrá arrebatar: cuando te piense desnuda, recuerde tu sabor, te reviva frente al altar, te ame una y otra vez desde detrás de los ojos. Pero eso no será así siempre Alma, lo juro. Ten por seguro que nuestro amor no será el del sol y la luna. Nosotros seremos mar y playa, cielo y estrellas, agua y sal.

Siempre que tú lo desees, claro.

Hoy te digo que si hasta hace poco podía albergar alguna duda de mi sentimiento hacia ti, las palabras del obispo la ha disipado. Ahora sé dónde se encuentra el Diablo y cuál es su rostro. Conozco el terreno del que debo apartarme. Necesitaremos un tiempo, eso sí que te lo pido. Necesitaré esa paciencia y la ayuda de amigos. Por el momento no puedo decirte nada más sobre ello.

Habla con Manuel. Persigue tu felicidad y hará lo que esté en su mano para que nadie te la arrebate. Apóyate en Magdalena, te puede ayudar mucho y darte buenos consejos, creo. Decide por ti misma, Alma. Te quiero tanto que no me queda mas remedio que darte la libertad que necesites. Si bien es verdad que querría ser único para ti, también soy consciente de que soy el primero en no entregarme plenamente. No puedo llevar mi egoísmo hasta el punto de hacerte daño. Haz lo que consideres, de verdad.

Si algún día me toca llorar, lloraré.

Pero si pudieras esperarme…

Te amaría desde las uñas hasta la calma.

Tu Ángel.



Publicado por Manel Artero en su blog


1 comentario:

  1. Los hábitos tienen ese don especial de lo santificado y oculto. Los curas dicen que se la meneaban muy poco, y que cuando lo hacían no la miraban. Todo hábito o uniforme tiene ese encanto de lo prohibido. No he llegado a leer todas las cartas. Las que he leído, aún sin un sentido exacto de la trama, me han parecido encantadoras. Hay mucha literatura epistolar publicada que no tiene su nivel. Es mi humilde opinión. Un abrazo.

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