AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

lunes, 10 de febrero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo negro -6-




Alma,
Mi luz.

Una vez más salgo como el ave Fénix, renacido y limpio. Tienes la extraña cualidad de disipar mis miedos y hacer aflorar de mi interior una paz que desborda la que la religión me daba. Y hoy puedo confirmar que no solo Dios es responsable de tanta felicidad como alberga mi corazón.

Hoy me reconozco perdido en ti, por ti y contigo. Así me encuentro.

¡Qué distinto es Barbastro en tus ojos! Para mí solo es la ciudad donde me reúno con el obispo o hago gestiones de la parroquia. Hasta ahora, al menos, ya que desde que la comparto contigo voy aprendiendo e imagino que pronto sabré verla como tú. Pronto miraré la catedral de la Asunción como se merece, un espacio más allá de la casa de Dios, y aprenderé a admirar su exquisita bóveda de crucería o las maravillas arquitectónicas que esconde su gótico tardío. Sí, seguro que sí, si hasta las calles y la luz de Ainsa parecen más nítidas y luminosas.

Hablas de mi abrazo. Sí, Alma, fue un abrazo de náufrago, y tú la tabla deseada para evitar la muerte. Si me aferré a ti de aquel modo fue por puro miedo: a tu ausencia, a la desaprobación, a la culpa, al futuro, a perderte. Ese primer contacto fue la confirmación, de nuevo, de que eres real y que existes para mí. Para ti tal vez fuera un abrazo, para mí fue mucho más. Tal vez por esa razón, cuando mi cuerpo sintió el tuyo, puedo relajarse al fin. Me confirmaba que estabas allí y durante un tiempo solo nos perteneceríamos el uno al otro. Y si en algún momento te sentiste protegida, fue por egoísmo; para impedir que nada pudiera pasarte. Lo mismo que no puede haber vida sin Sol, tampoco podría vivir yo sin ti y tu contacto.

Solo Manuel, el bueno de Manuel, podía ser capaz de actuar contigo como lo hizo. Sin recriminarte nada ni pedirte explicación alguna, por más que sé que habré de dársela. Nadie merece ser engañado, y él menos que nadie. El viejo republicano, superviviente de los campos de trabajo y del convoy de los 927 merece que hable con él y le cuente lo que nos sucede. No sé qué pasará después, pero mi conciencia lo necesita. Pero no deseo estropear la magia de nuestras cartas con temas que exceden nuestro presente. Lo que deba ser ya será.

Gracias a él compartimos uno de los hermosos legados del gran Neruda. Y solo a través de su poesía, de la Poesía, se podría pintar con las palabras y hacer música con su cadencia para explicar lo que no podría mostrarse de otro modo: El Amor, en nuestro caso. De ahí que pudiéramos saborear cada palabra impresa como un manjar.

No te lo dije en Barbastro, pero ese libro lo leí en el seminario, a escondidas; no era una literatura que pareciera grata al Señor, según nuestros superiores; como si Dios no nos demostrara su pasión a través de su obra, infinitamente mejor que la mejor de las poesías. Allí leí a Pablo. Le descubrí a él y a Hernández y a Lorca. Tres malditos a los ojos de esta dictadura que destroza españa y que no parece tener fin. Pero nosotros, el grupo que atesorábamos los libros prohibidos, preferíamos ofender a nuestros superiores que renunciar a la maravilla de aquellas páginas. No se lo merecían, ni ellas ni nuestra inteligencia. Fíjate, ya entonces era un ser díscolo y desobediente. Han tenido que volver los “20 poemas de amor…” para que resurjan aquellos momentos y recuerde de nuevo tanta belleza olvidada
.
También debo confesar que hasta ahora nunca comprendí el significado exacto de muchos de sus versos. Es en este instante que toman forma, cuando leo “Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.”, y me veo definido. Cuánto amor debieron albergar esos hombres, qué pasión desbordada les brotó de las manos para dejar impresa tanta belleza como nos han legado.

Y nosotros, qué decir de nosotros. ¿Pueden haber existido otros momentos de mayor ternura que los vividos sobre la vieja mecedora? Tú me hablas del primer día y yo deseo recordarte el segundo, cuando te tuve acurrucada sobre mi regazo mientras esperábamos a la Luna, sin apenas hablarnos, solo nuestros dedos comunicándose por nosotros. Lentas horas, pasando tan deprisa como no nos merecíamos. El sol del atardecer, el crepúsculo y la franja añil que lo despedía, la oscuridad nítida, primero y después esa luna creciente que parecía significarnos. Mi mano perdida en la redondez de tu vientre, mi mano obrera deshaciendo rizos en tu pubis o mi mano atrapada entre la humedad profunda de los labios donde el deseo se colma. Una mano ciega guiada por mi brazo que a su vez obedecía a tu mano guiada por ti —Lúcida mecánica del deseo—

Hubo también otro momento que me marcó, como sensación sobre todo. No tengo memoria de cuándo se produjo —Cómo retenerlo todo si fue tanto. Soy incapaz—. Estábamos echados en la cama, ahítos. Nos encontrábamos recostamos el uno frente al otro, contrapuestos. Mientras tú jugueteabas con mi pene exhausto yo jugueteaba a lo largo de tus piernas, moldeándolas como un escultor. Nos dejábamos hacer, mirándonos, callados. Había tantos ratos en los que nos sobraban las palabras. No por inexistentes, sino porque no nos robaran tiempo a las caricias. Y entonces dijiste: Deseo confesarle padre Ángel. Reconozco ahora que me sorprendí, lo entendí como una broma. ¿Por qué las mujeres no podemos confesar? Quiero confesarle, padre, repetiste, y esta vez confirmándome que no se trataba de una broma. Lo tomé como un juego y accedí a jugar.

Me preguntaste: ¿Ha caído en el pecado de la carne, padre? Sí, hija mía. Y me mordías suavemente mi maltrecha hombría. ¿Cuántas veces, padre? Incontables, hija mía. Y el mordisco en el pubis fue más doloroso. Jugamos durante tiempo, tus castigos se fueron convirtiendo en una mezcla extraña de dolor y placer desconocidos para mí. Una ternura agresiva que necesitaba de la confirmación física en el filo de las uñas y de los dientes. Me deje hacer, Alma, tú lo sabes. Pienso que fue el mayor acto de entrega que he hecho nunca y te lo ofrecí a ti.

Ya casi termino, Alma, falta hablarte de ese “dialogo” que comentas. No sabría decirte si era diálogo o soliloquio, si hablaba con Dios o con mi conciencia, porque ahora, hoy, no sé dónde ubicar cada cosa, tal es mi confusión. Antes de ti todas las cosas estaban fuera de mí, incluso Él (aunque no lo supiera). Antes de ti yo era una cascara vacía que tú, desde tu amor y tu entrega has llenado hasta colmar. Y ese Dios que estaba afuera, lo siento ahora en mí, como la mayoría de las cosas que merecen la pena. Así quiero creerlo y así deseo amarte.

Ahora ya siempre tuyo,
Ángel, el hombre.


Publicado por Manel Artero en su blog


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