AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

miércoles, 12 de febrero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo blanco -6-


Foto : Mikey McMichaels



Ángel,
Mi amor.

Escribirte, los días que no puedo estar contigo, es mi único consuelo. Releer tus cartas, olerlas una a una, recordar, invocarte cada madrugada, sentirte sábana que me roza y mano que me acaricia. Estar contigo, en definitiva.

Miedo. Hablemos de la libertad de sentirlo. Extraña e incómoda sensación a menudo, lo sé. Pero tu sonrisa me enseña cada día a no temer lo que nos depare el siguiente. Los libros con cien poemas hablan del amor, pero soy yo, al fin, la que lo siento, por dentro. Porque quizás eso sea la vida realmente, sentirse invadido por el amor, creer en él hasta el punto de que te sientas poderosamente feliz. Tremendos conceptos de fugaz duración seguramente. Libertad, amor y felicidad. Es por eso que, cuando me atrevo a soñar con el mañana, me siento tan frágil. ¿Qué será de nosotros, amor…?

Disgusto. No sé cuánto tiempo más aguantaré sin hablar con mi abuelo, no sé cuánto tiempo resistirá él sin preguntarme. Eso también me desasosiega en parte. Es la primera vez en mi vida que elijo compartir algo a expensas de Manuel. Verle por casa y mirarnos, y recibir su gesto de feliz aprobación me calma, pero no soluciona la desazón que siento al ocultarle plenamente tu existencia.

Saber. Que mi presencia te ayuda a comprender los versos de Neruda, en fin, también me hace extremadamente feliz. Las cosas que no enseña un libro, nos las muestra la vida. Es cuestión de saber esperar, creer y  tener confianza en la espera por uno mismo y por los demás. Dejar que fluya la vida por dentro y por fuera de las venas, y que hablen nuestros dedos, en silencio, como solo éllos saben hacer. Creo que es lo más parecido que he sentido a la fe, jamás.

Confesarte. Me ruboriza ese recuerdo aunque, como dice Magdalena, yo solamente me sonrojo por la bendita inexperiencia. Y a veces ni eso siquiera. Aquella madrugada, Amor, era yo pero no era yo realmente. Era una Alma que desconozco, un fuego atroz que usted provoca y que hace salir una mujer que no conocía. A tocarle, a mirarle con firmeza, conseguir la respiración sosegada ante su desnudez. Quería saber cuán malo ha sido, padre, y cuántas veces ha pecado en obra y omisión, a cuántas mujeres arrodilló debajo de la sotana para no verlas, y qué sintió entonces… cuando comprobé que accedías al juego, me levanté despertando tu curiosidad, y mientras te confesabas conmigo de manera apretada, en un acto apresurado, cogí las servilletas blancas de la cena, no sé de dónde saqué tanta valentía para amarrar tus muñecas al cabecero de la cama.

Exponerte, desamparado, ante mí. Como una condena por tu confesión. Me senté sobre tu pecho, respirabas con dificultad, y estabas cada vez más excitado. Comencé a besarte y a rodear tus pezones con la punta de mi lengua, en círculos, despacio, pequeños mordiscos que te hacían murmurar y gemir, y con una mano que no parecía mía, arrimé tu miembro a mi entrepierna, para sentirte, para notar tus ganas de mí, rozando mis senos y mi cuerpo entero contra ti. Estabas en otro mundo, amor, indefenso.

Y a mí me gustaba tanto verte así.

Me arrodillé en la cama sobre tí, con las piernas abiertas, y apreté más fuerte tus muñecas, con un nudo doble, para que no pudieses escapar… y me agaché y te lo acerqué un poco a la cara, lo justo para que no llegases ni con la lengua. Recuerdo tu esfuerzo por llegar a mí, por tenerme. Pero no. Ese era tu castigo. Repetías : Dámelo, Alma, dámelo, te lo suplico. Y a mí me excitó tanto verte en cruz, implorándome, arrodillado, oliéndome, necesitándome de forma inalcanzable. Las velas y la música hicieron el resto, y me dejé transformar, dándote mis labios sin besos, al terciopelo de tu lengua, entregándote quizás lo único que realmente tengo en esta vida, mi libertad sexual. Me agarré fuertemente al hierro forjado, me lamías, me comías, te sentía dentro y alrededor, ardíamos, te sentía en todo mi cuerpo, y echaba de menos tus manos, que ahora eran puños, al fin libres, movías tu cara como poseído, me mordías pero lejos de hallar dolor encontré placer, cada vez más, hasta que no pude contenerme más, y creo que me corrí, y en fin, me acosté sobre ti, a gemir y a temblar y a entregarme, como una mujer sabe hacer.

Era yo pero no.
Era el otro lado del alma.

Alma,
ahora ya tuya.


Pd. ¿cuántos más libros tienes escondidos en el Seminario…?



4 comentarios:

  1. ¿Qué exaltaré en la Tierra que no sea algo tuyo?
    A mi lecho de ausente me echo como a una cruz
    y exalto la orilla de tu vientre.

    En esa oración está el pobre Ángel.
    Ha sustituido la presión del cuerpo de Cristo por la de los cuerpos cavernosos.

    Magníficas palabras de Alma.
    Preciosas.

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  2. Impresionante. En las primeras cartas pensé "que hijoputa el cura, aprovechándose de ella". Pero fui cambiando de opinión. Ahora me parece que están perdidos los dos en un mundo prohibido de incierto futuro. Menudas cartas, son preciosas!!!!

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    1. ¿Por qué te crees que decidimos publicarlas?
      Unas cartas con 4 polvos al estilo sombreado del Grey con toques de Apollinaire no aportaban nada, más allá de un calentón, claro.
      Pero cuando vimos la sensualidad, la pasión, el amor y el cariño que van desprendiendo, a medida que las traducimos (algunas ya son casi ilegibles) tuvimos claro que valía la pena intentar el proyecto.

      Gracias por leerlas y comentarlas.
      Un abrazo desde BCN

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  3. Esto es real como la vida misma.
    "...arrodilló debajo de la sotana para no verlas..."
    La sotana de los curas daba para mucho.
    Buena carta, sí.

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