AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

viernes, 7 de febrero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo blanco -5-




George Pruteanu


Ángel,

Amor,

Te escribo y te vuelvo a escribir, acaso sea lo único que te haya prometido hasta ahora. Este fin de semana habrá de ser, con seguridad, inolvidable. Hay un antes y un después, un línea que nos sonríe desde el otro lado.

Le dije a mi abuelo que pasaría dos días en Barbastro. Me respondió -¿todo bien, Alma… ?. Ambos sonreímos. -Toma, llévate este libro, veinte poemas de amor son pocos para ti, pero te gustará, quizás, leérselos. Guardé el libro de Neruda en mi bolso, algo sonrojada, y volví a mirarle feliz, como agradecimiento probablemente. Manuel es un tipo genial, pocos como él. Empiezo a sospechar que sabe lo nuestro. Siempre le presiento. No sé.

Guarda su ropa y sus escasas pertenencias en un armario, la echa tanto de menos… Ese día precisamente, en una especie de ceremonia, me dio la llave y me dijo, - Es hora de que te encuentres con tu madre. Subí deprisa al desván, como alma que lleva el diablo, abrí el armario, y metí mi cara, cerré los ojos y respiré profundamente, ese olor a la ternura con la que pasa el tiempo. Algunos libros, pocas fotos, ropa y efectos personales, y una caja tallada en madera que ponía. SIEMPRE JUNTOS. No me atreví a abrirla con prisa, así que me aguanté la curiosidad que tanto me caracteriza, y me puse a elegir un vestido de mi madre y unos pendientes negros, creo de azabache. Sus zapatos me valían, eran preciosos. En el bolso, su barra de carmín,  los veinte poemas de amor y esa canción.

Barbastro se dejaba querer, me siento agusto paseando por sus calles,  sentarme en un banco, mirar, cuánta belleza en cada esquina, en el caminar de la gente, perdidos vagando solamente dios sabe a dónde. Llegue sin querer a la Catedral de la Asunción, no había nadie dentro. De nuevo ese embriagador olor que dejan los años en las bóvedas, en la piedra, y en el banco donde me senté. La música invisible del silencio, padre Ángel, ahora lo sé:

Yo estaba en paz.

Abrí la puerta con las llaves que me dio Magdalena. El piso estaba tan limpio y recogido que los primeros instantes no supe dónde ponerme. Allí me quede de pie mirando el tejado de la catedral desde los ventanales. En la cocina, embutido, quesos y vino, dos copas en la mesa. Una vela. Crespillos y empanadicos, alguien había estado cocinando para nosotros… Al lado de la chimenea, una caja llena de velas, que se me ocurrió repartir debidamente por toda la estancia, para cuando llegase la luna.

Y llegaste.

Nada te detuvo hasta llegar a la ventana a darme el abrazo más bonito que nadie nunca me había dado. Un abrazo lleno, tan pleno y tan reconfortante. Tus suspiros, aferrado a mí, en cambio, me hicieron de nuevo sentir algo de temor. Mi pobre amor, empiezo a entender cuánto sufrimiento arrastras tras de ti, contigo. Nos pusimos cómodos, la cena en el suelo delante de la chimenea fue un acierto por tu parte, la música en la radio, apropiada, mis velas encendidas abrigándonos, fue como hacer magia con la luz. Y la luna, de nuevo entrando, tímidamente, por los ventanales, altos, esbeltos. Te sentaste en la mecedora e hiciste ademán con tu mano para q me sentase encima. Por un instante, me acordé del chico aquel y de Magdalena, dios mío, pero solamente fueron décimas de segundo. Y me puse de lado, acurrucada, suplicándote esos abrazos tuyos, que me envolvieron de nuevo.

Cuando me tapaste con la manta, y comenzaste a acariciarme, sentía tu respiración y tus latidos, tú también estabas en paz, por fin, quizás. Tu mano fría posada sobre mi vientre, susurrándome… “- Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, te pareces al mundo en tu actitud de entrega.”…  Tu mano me acariciaba el ombligo, y se detenía, el descanso merecido de los dedos queriendo amar. “ - En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye, como tú lo desees y hacia donde tú quieras.”… El vaivén de tus caricias me mecía… “-Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.” … Y proseguías lentamente hasta mi cintura, y yo, suspiraba… “ - Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas. Desde mi boca llegará hasta el cielo, lo que estaba dormido sobre tu alma.” …

Cuando acariciaste mis pechos con un dedo, Ángel, cerré los ojos y sentí que estaba preparada, al fin, para intentar amarte, y quizás mas importante, para dejarme amar. También entendí lo terrible del humano que no ha sabido entregarse, lo grave de morirse sin haber sentido ese mínimo instante. Tú proseguías susurrando, con la mano sujetando uno de mis senos, casi como un ofrecimiento, como una liturgia probablemente.

Era la oración más bella que jamás te oí pronunciar… “-Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas. Desde mi boca llegará hasta el cielo, lo que estaba dormido sobre tu alma.” El silencio de la noche fuera, la mecedora, las velas, tu mano dibujando mi cuello hasta el hombro… “ - Como todas las cosas están llenas de mi alma, emerges de las cosas, llena del alma mía.” Mi piel se estremecía, casi como el frío que sentía la primera noche delante de la chimenea, yo seguía sin poder pronunciar ni una sola palabra, continuabas con los ojos cerrados, allí tocándonos por dentro, “ - Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.

Recorriste y estudiaste cada rincón de mis piernas, ese ir y volver a mi entrepierna, sin entrar, y regresar a los tobillos y comenzar de nuevo, no podía estar más feliz, y también excitada, pero no sería yo quien te interrumpiese. Mejor así, es lo que pensé, estabas dibujando a ciegas en mi cuerpo, nuestro cielo.

De repente comenzaste a hablar como con una tercera persona… Claro que sí, sé que perdonarás mi amor, sé que entenderás lo que siento por Alma y que sabrás perdonar tanta pureza en un hombre, aún siervo tuyo, que duda de las normas, no de la fe... “- En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito.”… “ - Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.” Yo creo que hablabas con tu dios, todopoderoso o no, le explicabas quizás nuestro amor. No te entiendo bien, pero me gusta que lo hagas. Y me fascina oír la palabra –amor- cuando es tu boca quien me la regala, y la pronuncia para el mundo.

Sé que me dormí, sé que me llevaste al lecho, donde seguiste besándome y tapándome con tus caricias, recuerdo despertar de madrugada entre tus brazos, quise sentirme como en el cielo. Me arrimé aún más, y me entregué a ti por completo.


Alma,
Amor del Alma


Pd. Siento haberte contado lo de Magdalena, no le reproches nada, es tan buena mujer...



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