AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

miércoles, 29 de enero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo blanco 3.2

Foto: Miss Cakahuette



Ángel,

Ya te siento hombre, ya me atrevo a tratarte como tal y a tutearte en la intimidad, como me pediste, quizás, a partir de ahora.

Confieso mi sorpresa con tus cambios continuos de pensar, que no de sentir, y mientras más me apena no poder ayudarte en esa labilidad y esos debates internos, más me alegro de la educación que he recibido. Yo no siento culpa, ni por tanto arrepentimiento, ni necesidad de perdón. Sé que su Dios me acompaña y me protege, como usted, padre Ángel, siempre lo hizo. Como Manuel, mi abuelo, ya desde antes de quedarme huérfana, y sobre todo desde que enviudó, y nos quedamos solos. Sé que os apreciáis, a pesar de las diferencias, y debes saber que es la primera vez que le oculto algo tan importante. El sospecha, está claro, porque me ve, simplemente, feliz. Como siempre, respeta mi parcela de intimidad, y nada me pregunta. Pero sabemos mirarnos en silencio desde hace muchos años, como pocas personas saben hablarse.

Curiosamente también me pasa lo mismo con tu amiga Magdalena, de las pocas mujeres en este pueblo que sonríen a diario, ambas nos decíamos muchas cosas solamente con vernos, y ahora mucho más. Estoy contenta de que la hayas elegido a élla precisamente. Ya le he agradecido lo mucho que nos está ayudando, no podré recompensarla de manera adecuada. Me dijo –“Alma, recuerda, El amor verdadero, entra por el agujero. Ya hablaremos dentro de unos días. Ve con tu amado y cólmale como ni siquiera tú alcanzas a imaginar. No tengas miedo, tú no. ” Y se fue, como vino, con la sonrisa a cuestas. Aún pienso en sus palabras.

Tú sabes que jamás te pediría que renuncies a tu fe, pero no podría pensar en dejar de vernos y de encontrarnos y de tenernos ahora mismo. Creo que moriría de tristeza. No soy quien para decirte nada al respecto, volveré a respondértelo cada vez que me preguntes. No puedo ni debo ayudarte en ese tipo de cuestiones o decisiones. A mí no me gusta tampoco la Iglesia, pero es la única forma de ver a ciertas personas y los domingos resultan más divertidos al salir de misa. Usted sabe que no me gustan los curas y mucho menos las monjas, no han hecho otra cosa que fastidiar a mi familia toda su vida, y aunque me enseñaron en casa a no guardarles rencor a ninguno de ellos, procuro no tenerles cerca, y que ellos tampoco disfruten de mi presencia. Tú eres una excepción, y no entiendo cómo hemos llegado hasta aquí, y tampoco me importa. Sé lo que siento, le deseo, mucho, y de alguna extraña manera, le empiezo a necesitar.

Me excitó el viaje, de qué manera, los árboles y las nubes y las personas que pasaban me sabían más bellos que nunca, y cuando llegué al portal, estuve unos minutos quieta. No dudé. Pero necesitaba un momento de paz, de atusarme el pelo, de pintar de carmín la mejor de mis sonrisas, y subí las escaleras de madera, mordiéndome el labio de abajo, como siempre q estoy nerviosa. Al abrirme la puerta y verte sin sotana, mi corazón quiso salirse, qué guapo estabas, por dios, Ángel…

Te escribo, a partir de ahora, desnuda, que es como realmente te deseo y como quiero que me leas.

La habitación era preciosa, esas ventanas grandes y las cortinas verde muy oscuro, la mecedora impasible, mirando la soledad del mundo ahí fuera, la chimenea encendida, y la cama a punto de... no sabría explicarte lo que sentí cuando me abrazaste allí en medio, de pie, sin decir nada. Me lamía el silencio de tu aliento. Yo empecé a temblar y me acercaste el fuego pensando que era frío. Yo me dejaba, estaba excitada y nerviosa a la vez. Cuando me dijiste que me estabas preparando un baño caliente, creí desmayarme.

Dejé que hicieras. Me desabrochaste los botones, esta vez mucho más despacio, deteniéndote para dejarme un beso tan tierno en el cuello, mis pezones ya estaban como si hubieran rozado la nieve, y mis pechos latían a la vez, por ti. Lentamente, con la suavidad de unos dedos amantes, me quitaste el sujetador y mis braguitas, y te alejaste a por sales de lavanda, dijiste, y me dejaste allí, y yo quieta y desnuda, tapando mis senos, más por abrazo que por pudor.

Volviste y comenzaste a echarme agua caliente, y a limpiarme con un guante de algodón blanco, sin jabón, solamente tu olor, susurraste en mi oído, después de volver a posarme otro beso en el cuello. Yo me estremecía más, si cabe. Y tú, creo que también. Supiste dedicarle el tiempo justo a cada rincón de mi cuerpo, empezando por mis manos, con tanta ternura, que empecé a relajarme y a confiar y a desearte como una mujer desnuda desea a un hombre vestido. Cuando lavándome, te aferraste a mi cintura, apoyaste la frente en mi pubis y hundiste la cara entre mis piernas, y te pusiste a decir palabras en latín, que yo no entiendo, y a rozarme los labios con dos dedos, tuve miedo, de que te arrepintieses, de que no te gustase, de que me pidieras que me fuera. Parecías otro. Yo me quedé tan húmeda, y también tan seria, sin saber qué hacer, y volví a abrazarme, hasta que acabaste esa especie de ritual y te levantaste a por una toalla grande para taparme, y me llevaste a la cocina a tomar un gran tazón de café con leche. Me guiñaste un ojo y volví a sentirme tan feliz, Y tú, Ángel, tú más que nunca.

Hacerme el amor como me lo hiciste en la cama quedará grabado para siempre en nuestra memorias hasta que flaqueen mañana quizás, y en las sábanas a las que me aferré y que teñimos con nuestro sudor y nuestro deseo, y en las cartas que ahora escribimos, únicos testigos y gran intento seguramente por revivir esas escenas de deseo, de lujuria, de ternura, de tanto afecto y de seguramente, amor.

No es el cielo tu boca, ni mis labios, Ángel, ni las caricias que pintaste sobre mi piel temblorosa al comienzo, ni la música que nos elevaba a lugares no conocidos, al menos por mí.

Ni es el paraíso mi sexo, que sin el tuyo, no llega a serlo de verdad, porque no sabe, porque no acierta.

Es más.
Mucho más.
Somos nosotros dos juntos, en perfecta comunión, en silencio y en los besos, son nuestras manos que entrelazan sus dedos, es la forma de mirarme y la manera de decirte que te estimo cuando te contemplo.

Es el espacio entre el cielo y el infierno, que se juntan para que podamos estar juntos.

Déjame aprender a amarte, con todos los colores y todos los sabores, Ángel.


Alma
Por siempre

1 comentario:

  1. Linda frase: "a desearte como una mujer desnuda desea a un hombre vestido" que los hombre no entenderemos.
    potente final.
    con una sola frase gran exaltación del origen y final del Ser Humano.

    Y sí, leer sin ropa.

    Abrazos.

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