AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

sábado, 25 de enero de 2014

Cartas desde Barbastro, lazo blanco -2-



Foto: Miss Cakahuette



                                   Ainsa, 26 de Agosto

Padre Ángel,

Agradezco su carta y su pronta respuesta, me puse muy contenta, pero sigo pensando en lo que pasó, y me gusta.

Mi abuelo jamás estuvo de acuerdo con que yo fuera a ninguna misa de ninguna parroquia, pero al final aceptó la suya, creo que en el fondo confía en usted, como persona, por algún motivo que aún desconozco. Y me duele sospechar que le decepcionaría tanto saber lo nuestro, porque es a la única persona a la que le debo en todo caso, explicaciones. Pero no se las daré, puede usted estar tranquilo al respecto. Sigo sin hablar con nadie. 

Si fuese realmente mío, como dice al final de su carta, estaría usted a diario reescribiéndome con todas las letras, la palabra –deseo- en la piel, en mis manos y en mis pechos, sin dudas, sin miedos... la franqueza y el calor que significa esa entrega, y que al menos yo, no quiero ni debo esconder. Ha visto que yo también he llorado. Rodaban lágrimas calientes y contorneaban mi cuello hasta sus labios, llanto que usted bebió como de un cáliz lleno de ese placer del que usted huye por escrito, pero que yo siento cierto, incluso sin verle. Son mares diferentes, pero lágrimas al fin y al cabo, lo sé. y usted también lo sabe así. Lo que me cuenta del triángulo tuvo que resultarle incluso temible, pero a mi me ha excitado leerle. Somos tan diferentes a veces...

Tiene razón al decir que será irrepetible, porque si usted accede, habrá otros lugares. Anhelo que me haga el amor, sin su Cristo crucificado mirándome fijamente allá arriba colgado en la pared, como pasó en el altar, tan frío al principio, tan abrasador después.  Era miedo a su presencia, a mi primera vez, a sus enseñanzas, a no colmarle como mujer, a no entender sus gemidos de hombre. Miedo a sus creencias y a sus demonios. Temor de que no supiera librarse de la negra sotana dentro de mí. Pero supo desnudarse, de hábitos y de juicios. Todavía no sé por qué me tumbé con los brazos en cruz, mostrándole mi sexo como no sé que yo sabría hacerlo, quizás haya sido un poco irreverente, o no, porque a usted, padre Ángel vi que le provocó tamaña erección. Y me siento dichosa de haber conseguido que ardieran sus entrañas, dentro de mí.  Y me fascinó hacerlo, y casi con delirio deseo, volver a tenernos, solo usted debe saberlo.

Soy consciente de que usted, Padre Ángel, me lleva desnudando por dentro desde hace años en el confesionario. El día que le revelé, cómo me había tocado mi amigo, le escondí más detalles porque sentí acelerarse su respiración de manera muy extraña, y le omití ciertas cuestiones. Me gustó que me tocara, que me excitara, que me comiera y que me mordiera. Pero me gustó mucho más cómo me lo hizo usted, incluso cuando me hizo daño, sentí placer, algo hasta ahora desconocido para mí.

Y ahora me desnuda por fuera con su mirada, quitándome la ropa y despojándome de la timidez y la vergüenza. Siento llamas por dentro de mi pecho cuando recuerdo como me mordía los pezones. Siento éxtasis cuando imagino que vuelve a penetrarme, con esas dudas, con esa incertidumbre, hasta que se entrega a mí y me regala sus embestidas y su locura.

Ya me he atrevido. Anoche hubo una luna preciosa, usted sabe de qué hablo, entraba la luz sin querer por la ventana sobre mi cama, me desnudé, y dejé que me lamiera, como usted hizo. Con la misma cadencia que la punta de su lengua, con mi mano diestra copiando la ternura de sus caricias, no sabe cómo me puse, no sabría describirlo… el cielo tiene que tener un color parecido, estoy segura… y aunque no me arrodille a los pies de la cama a rezar, sé que su Dios tendrá a bien entenderlo, comprendernos, sin duda.

Ha conseguido que me sienta bella y deseada, nada terrible sino al contrario, y yo he logrado que su sexo sea y se sienta al fin libre en mis labios, aunque sea durante unos instantes fugaces, que luego le atormenten días y le carcoman noches enteras. A pesar de todo, incluso así, creo que le compensa mi boca, mi sexo y mi paz.

A usted no puedo ocultarle mi disgusto también, que no mi sorpresa, cuando me habla de otras feligresas, de otras mujeres. Le ruego no me maltrate con esas imágenes que no me pertenecen. No me torture volviéndome cómplice de su pasado. Entiendo que haya tenido que pecar, como usted dice, pero me entristece imaginármelo.

Aún no sé si quiero que sea mío, Padre. He recibido una educación peculiar y no entiendo ese sentimiento de propiedad entre personas. Pero sé que cada madrugada usted sueña arrodillarse y reptar por entre mis piernas, y treparme, y llegar a dejar de rezar un solo instante, mientras yo le invoco, como hombre, mientras yo me atrevo a volver a nombrarle, Ángel.

Alma,
siempre Alma.



Pd. No me riña. Yo sabía que Carmen y Angustias estaban fuera, y no irían temprano. La idea furtiva de meterme esta carta en el bolsillo de mi chaqueta, en cambio, no debería repetirse. Aunque me haya excitado su acercamiento y su estrecha presencia como usted ni siquiera se imagina.
No sé donde seguir dejándole mis cartas mientras volvemos a vernos.







Ainsa, 24 de agosto de 1970

Estimada Alma,
Encontré tu carta en el suelo, frente a la puerta, al abrirla esta mañana para preparar la misa de ocho. Debo reñirte por ello. Pienso que has arriesgado mucho haciéndolo de ese modo. Soy consciente de tu urgencia, pero te pido por favor que no vuelvas a hacerlo. ¿Qué hubiera sucedido si en vez de ser yo hubiera sido Carmen o Angustias las que hubieran abierto la puerta? Por suerte no ha ocurrido nada de eso. Dicho esto paso a responder a la tuya.
Cuando la leí por primera vez, nada más terminar la misa, confieso que lloré. Después, releyéndola una y otra vez como si se tratara de una penitencia, conseguí la suficiente serenidad para responderte.
No deberías tener miedo, Alma. Tú, no. Esa dura tarea deberías dejársela a este pecador y olvidar lo sucedido. La oración debería servirte para ello. Deberías marcharte lejos de aquí, rehacer tu vida en otro pueblo, conocer a un hombre de bien y darle los hijos que Dios te conceda. Esa debería ser tu decisión, que no mi deseo. Es necesario que borres… (Aquí hay frases ilegibles)… será irrepetible…
Pero qué digo, qué mentiras dejo ir por entre los dedos. Te estoy mintiendo, Alma, pero no para convencerte a ti, sino para ser yo el convencido. Si tú albergas miedo imagínate yo, debatiéndome en esta extraña dicotomía en la que jamás me había visto inmerso: un sacerdote honesto, guiado por Cristo y sus enseñanzas y un hombre arrastrado por el demonio de la carne que se hunde más y más en el infierno a medida que te lee, que te recuerda y que te revive.
Yo también arrastro esas mismas sensaciones que me confiesas. El hombre que soy, ahora a mi pesar, recuerda cada uno de aquellos instantes que vivimos la otra tarde. Y a cada pensamiento una sacudida de mi hombría me recuerda lo lejos que me hallo de la Gracia; pues hasta el pecado de Onán se ha instalado en mi alma para embrutecerla más, si cabe.
Es terrible lo que siento; y a la vez tan hermoso. Sentir palpitar esos labios de los que hablas entre los míos, cada pulsión de sangre golpeando la punta de mi lengua que te aprendía desde su ceguera. Sentir como aferrabas mi sexo con tu boca de suave lengua o con tu boca de blandos dientes. Me es imposible apartar esos recuerdos: tus gemidos a cada una de mis embestidas, cómo murmurabas mi nombre con los ojos cerrados cuando estaba cercano el clímax; aquel primer ofrecimiento cuando, desnuda, te tumbaste frente a mí con los brazos en cruz y las piernas laxas. Quién no catalogaría eso como bello. Eso es lo terrible, que no sé verlo como lo que es: pecado.
Debo confesarte algo que tú, en tu inocencia, desconoces pero que hoy creo necesario compartir contigo. ¿Sabes desde cuando te deseo, desde cuando pienso en ti? No puedo decir con exactitud la fecha, claro, pero imagino que debías tener no más de dieciséis años, ¡Dios me perdone! Fue una mañana, acababas de hablarme en confesión y me habías contado cómo un amigo del grupo te había convencido y había conseguido llegar a tocar tus intimidades y cómo de grato te había resultado. Si he de ser sincero del todo, ya en aquel momento hubiera cometido dos pecados: hubiera golpeado al joven agresor y hubiera tomado su puesto. Ya ves cuan débil es mi espíritu. Cuando terminamos, me levanté del confesionario y fui a prepararme para la misa, agradeciendo a Dios el hecho de vestir una sotana. Comencé el oficio relajado, eso sí lo recuerdo, y entonces te vi allí, en el primer banco, con una faldita corta de la que tu inocencia no te hacía consciente pero dejaba entrever un sencillo puntito blanco que yo elevé a alturas geométricas. Jamás me ha vuelto a suceder, jamás, pero ese día tomé al Señor mientras pecaba. Tomé la sagrada forma mientras mi mente inventaba un triángulo invertido perfecto, delimitado por un pelo negro que ya entonces se me antojó suave, una imaginaria copa cuyo pie se formaba por la línea infinita en la que se unían tus piernas. Ese día levanté el cáliz mientras mi mente visualizaba otro de carne.
Después conseguí olvidarte, una menor de edad, ¡acaso estaba loco! Tuve que volver al amor mercenario algunas veces, e incluso alguna feligresa tuvo a bien regalarme la calma que no sabía encontrar por mí mismo, y Dios sabe con qué poco orgullo te lo cuento. Pero necesito que lo sepas, no preguntes por qué.
Y ahora, al cabo de los años, lo que fue un sueño lo has convertido en realidad. He bebido del cáliz real que antaño inventé; al cual, en mi desconocimiento, no fui capaz de construir con la suficiente belleza: cada pliegue, cada cambio de textura, cada punto de placer que ahora he visitado desde todos mis sentidos.
A pesar de la urgencia y de mi inexperiencia fue hermoso. Y algo que deberás perdonarme. Te confieso que no me considero un hombre experimentado, no al menos como entiendo que tú te hubieras merecido.
Ya casi termino, lo hago sin saber responder a lo que me preguntas aunque quiera intentarlo. Yo no vi pecado en nuestros actos, Alma, pero lo fue, la Iglesia lo dice y nosotros, que pertenecemos a ella, así debemos acatarlo. Tú como feligresa y yo como el pastor de tu alma. Te pido entonces que no siembres en mí la duda, por favor. No me pongas en ese compromiso de cuestionarme lo que ambos sabemos que es pecado mortal. Me hablas de los designios de Dios. Tampoco sé que responderte. Él nos da el libre albedrio y nosotros somos los que decidimos nuestros actos; y nuestros actos no pueden, no deben, ser lo que ahora te ronda por la cabeza
No tengo fuerzas para negarte que vuelvas por aquí. Como párroco he de sobreponerme a lo sucedido y aceptar a toda oveja de mi rebaño. Pero por Dios, no me digas que me deseas. Olvida el deseo. Olvida lo que sucedió. Borra esa sacristía que convertimos en paraíso y elimina de tu memoria la mesa que devino en tálamo. Solo fue un sueño, un sueño maravilloso que no deberá repetirse. Un error de dos personas a las que la debilidad de la carne tentó pero han sabido sobreponerse. Soy tu párroco y tu confesor. Solo Dios te conoce mejor de lo que yo te conozco y sé cuan virtuosa has sido siempre. De nosotros dependerá retomar el camino de la Virtud.
Tuyo,
Ángel.

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