AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

viernes, 16 de diciembre de 2011

Por el camino del río

   . . . El iba a replicar algo cuando ella alzó la cara y le miró,  y él  empezó  a ver en sus  ojos verdes cosas que nunca,  en ningún sitio, había visto.  Esos ojos, en un lenguaje que no había  tenido que esforzarse por aprender, esos ojos le sonreían, le decían que sí, que ella también, sí. Y no pareció sorprendida cuando, en un arranque, él la cogió de la mano y le dijo  -vamos-. Y de la mano la llevó, pasadas las últimas casas, por el camino del río. Sentía un mareo  que  lo volvía ligero, que agrandaba  las piedras  que pisaba y el cricrí de los grillos. La miraba con el rabillo del ojo, y  cada vez que  el tirante  del vestido  se le caía y  descubría el hombro, se hubiera parado para morderlo.

   Al llegar al naranjal, la sangre le bullía, un latigazo le espoleaba cada vez más abajo, más adentro. La atrajo hacia él. La abrazó con fuerza, apretando las caderas a las de ella. Le buscó la boca con desespero, abriéndole los labios con la lengua y, buscando, sus manos se embalaron hombros abajo por encima del vestido, se detuvieron en la cintura, dudaron, y empezó a besarle el cuello, a mordisquearlo, a rodear con sus piernas uno de sus muslos, a subir con las manos por sus costillas para palparle los pechos a través de la ropa, buscando, buscando no sabía qué, por donde empezar, tantas trabas y velos, y aturdido, se refugió en la nuca, esa nuca con su pelusilla que tan bien conocía.  En ese momento notó que ella, lentamente, le acariciaba el pelo.

   Oyó que susurraba. Se inclinó para acercar el oído a su boca y el aliento de ella le cosquilleó en la oreja. Irene hablaba del río. "El río, lo oyes?", decía ella mientras le besaba un labio, lo rozaba, se apartaba, volvía a besarlo, al tiempo que le daba vueltas al botón de su camisa, se lo desabrochaba y con una mano le acariciaba el costado. Sintió por primera vez el tacto cálido de su mano, mientras recordaba las tardes de calor, la poza. 

   El río, no lo oía. "Cuando nos bañábamos, ¿te acuerdas?", decía ella, y le besaba el otro labio, y volvía a apartarse, enervándolo,para besarle después la boca entera. No le veía los ojos, sólo la boca, carnosa como una fruta abierta, que le hablaba y le besaba. Y de repente, como un fogonazo, volvieron los trajes de baño, el olor a limo, las madres de los críos más pequeños en la orilla, todo el mundo alborotando, chillando, los cuerpos al sol, centelleantes, chapoteando en el agua. "Sí, claro que me acuerdo" dijo él, y la voz le salió ronca. Ellos dos nadando alejados, cada uno en una punta, atisbándose por encima del bullicio. "No podía dejar de mirarte", murmuró él, y notó que se soltaba, que le volvían las palabras, y con las palabras, la imagen de ellos dos desoyendo las llamadas de los demás, esquivándolos, siguiendo las evoluciones del otro, las distancias cada vez más cortas "el agua te resbalaba por la espalda, el pelo se te pegaba a los hombros". 
   Ella se apartó, se cogió el vestido por los bajos, se lo subió a la cintura hasta quitárselo, y se echó sobre la ropa, todavía con las bragas, tapándose los pechos, de pronto pudorosa. "Luego te acercabas y decías muy bajito, asustada, para que no te oyeran, -ven-, y jugabas a escurrirte", dijo mientras se arrodillaba y, conteniendo la impaciencia, le apartaba los brazos, descubría sus pechos blanquísimos. Los rozó con suavidad, erizándolos, y después descendió, rodeó el ombligo y le fue bajando, centímetro a centímetro, las bragas. Recorrió el pubis, lo acarició con una calma que le dolía. "Yo te seguía", dijo, y contempló a Irene, a esa Irene recuperada y nueva, que le devolvía al menos un pedazo de sí mismo, reconciliándolo con algo intuido vagamente, "y me lanzaba detrás de ti": y era el perseguirse, el nadar muy juntos, el deslizarse el uno debajo del otro, el contemplarse distorsionados bajo el agua, el rozarse por descuido, el deseo a flor de piel, disuelto, en los miles de gotas de agua, que los envolvía, los atraía sin remedio. "Te deseaba tanto", le dijo casi sin aliento, "soñaba que te alcanzaba,que por fin te atrapaba". Se inclinó para besarle los pechos, dulces, jugosos, que temblaban y se hinchaban. 



  La sujetó luego por las caderas y aspiró su olor, allí tan intenso. Las manos de Irene le apremiaban contra ella. Se irguió; la abrazó, la estrechó, y cuando penetró, tuvo la impresión de que , pegados por fin, fundidos, se sumergían en unas aguas densas, submarinas. Y comenzó entonces a entrelazarse de los cuerpos, el descubrirse, asombrados, el acompasarse, el no saber quién sentía, quién gemía, quién gozaba, el deseo que los arrastraba, en medio de la noche, cada vez más lejos de la orilla. Hasta que le palpitaron muy fuerte las sienes, y aferrado a ella, con los ojos muy abiertos, pero ciego, se desbordó.

   Al  despertar, una claridad se insinuaba en el cielo. Sintió una emoción dulce, apacible. Hacía fresco, y se apretó más contra ella.

Por el camino del río
CLARA NAVALES


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